En el primer tercio del siglo XIX, aún permanecían casi todas las obras realizadas por Domenico Theotocópuli en España, un maestro desconocido para tratadistas de otros países. La campaña napoleónica que concluyó en 1814 se saldó con la salida de un rico botín artístico bajo la atención particular de algunos generales a Francia, motivando la atención de coleccionistas y los ánimos de muchos viajeros que recorrerían luego la Península, buscando lugares repletos de tesoros como era ciudad de Toledo donde, además, dormían severos retablos y lienzos con figuras distorsionadas firmados por un extraño pintor citado como El Griego o El Greco.

El Greco en el Louvre

En 1837 se abría la Galería Española en el parisino museo del Louvre a partir las adquisiciones, que por encargo de Luis Felipe de Orleans, efectuaron en España el barón Taylor y al pintor Dauzats en 1835. Allí se exponían obras de Zurbarán Velázquez, Murillo, Ribera y otros maestros. El Greco era mostrado como un fallido imitador de Tiziano, causando impresión Dama del Armiño (Glasgow Museums), catalogado entonces como Retrato de la hija del Greco y que la crítica actual desecha ser obra del cretense. También había un Cristo crucificado, una Adoración de los pastores y varias pinturas de Tristán su discípulo. Cerrada la galería en 1848, la colección fue subastada en Londres en 1853 dispersándose los cuadros a distintos propietarios. Aquel escaparate animó a los interesados en el arte español de varios países para viajar al sur de los Pirineos a fin de buscar las raíces de aquellos cuadros.

La ciudad y el pintor ante los románticos extranjeros

Toledo ofrecía un escenario apropiado para los románticos: mezquitas, sinagogas, iglesias y paseos entre venerables ruinas. Théophile Gautier, con su Voyage en Espagne (1840) movió los ánimos de muchos compatriotas que recalaron en la ciudad descubriendo “grecos” en sus lugares de origen. Así llegaron escritores, dibujantes o pintores como Alejandro Dumas (1846) y años después, Zacharie Astruc, Hadrian A. Séguillot, Carolus-Duran o Édouart Manet. También iban recalando viajeros ingleses como Richard Ford (1831), George Borrow (1837), el hispanista Stirling-Maxwell, W. George Clark o J. C. Robinson del Museo de South Kensington.

Toledanos y “toledanistas” que descubrían el Greco

Entre los primeros interesados por el cretense aparecen Nicolás Vicente Magán, que en 1844 escribió una biografía del Greco, o Cecilio Pizarro pintor de la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Toledo. Amador de los Ríos (1818-1878) habló en su Toledo Pintoresca (1845) sobre los “extravíos” de El Expolio, aunque le concedió “el glorioso título de artista”. La misma ambivalencia aplicó el historiador Sixto Ramón Parro (1812-1868), en su estimable Toledo en la mano (1857), donde combina su admiración con a la extravagancia “que solía tener a veces el Greco”.

Otros descubridores de la segunda mitad del XIX

La crítica artística apreció la inspiración del Greco en ciertas obras de Millet, Manet o Cézanne, mientras que en la parte española se percibía en Mariano Fortuny, Santiago Rusiñol e Ignacio Zuloaga, artífices de su moderna recuperación. El Greco empezaba a ser visto como un pintor singular, de una sólida formación artística e intelectual cuya herencia había quedado ligada a Toledo. Esta dualidad (el pintor y la ciudad) fue consagrada por Maurice Barres desde finales del XIX y por Benito Pérez Galdós, viajero que gustaba de descubrir obras y calles, algo que repitieron Azorín, Pío Baroja, Unamuno...

Textos: Rafael del Cerro Malagón


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