El Greco sorprendió, casi por igual, de manera favorable para unos, como desconcertante a otros. Sus grandes obras toledanas arrancaron admiración en su círculo más próximo, mientras que para pintores y tratadistas más unidos a la esfera cortesana vieron a un maestro caprichoso o extravagante. Tras su muerte en 1614, muchas pinturas quedaron relegadas en pequeñas capillas, parroquias o espacios privados de una clientela que, al desaparecer, enterraron en el olvido a su propio autor. Y es que en el siglo XVII la pintura española evolucionaba desde las tendencias tenebristas de Ribera o Ribalta, hasta la explosión colorista de Diego Velázquez y su escuela. El academicismo del siglo XVIII tampoco admitió la herencia del cretense, que acabó por ser rescatada a partir de los románticos a mediados del XIX.

Seis opiniones adversas

Antonio Palomino de Castro (1653-1726). Teórico de arte y pintor de frescos expuso en su obra El parnaso español pintoresco laureado (1724) algunas valoraciones sobre el Greco, asegurando que al ver como “sus pinturas se equivocaban con las de Tiziano, trató de mudar de maneras con tal extravagancia, que llegó a hacer despreciable y ridícula su pintura, así en lo descoyuntado del dibujo como en lo desabrido del color”. Un concluyente frase suya sirvió de modelo para emitir un juicio apresurado: “Lo que hizo bien, ninguno lo hizo mejor, y lo que hizo mal ninguno lo hizo peor”.

Francisco Gregorio de Salas (1729-1805), clérigo y poeta señalaba en 1775 el estilo del Greco como "seco y desagradable", dedicándole una décima que comienza con estos versos:
                                   Este original del Greco
                                   Acartonado y enjuto
                                   Fue de color escorbuto,
                                   Carilargo y anquiseco.
.
Mayáns y Síscar (1699-1781) en su Arte de pintar (edición póstuma en 1854), ratifica la extravagancia del pintor con tal de no "parecerse a su maestro Tiziano", dando muestras de “ser un insigne retratista, aunque no quiso pasar por tal”.

Antonio Ponz (1725-1792), en su Viaje de España juzgaría en 1787 como apreciables las pinturas del Greco que ve en Toledo que, “entre sus raros caprichos se dejan ver cosas admirables”.

Eugenio Llaguno y Amírola (1724-1799), intelectual y político. Incidió en la extravagancia del Greco para que su obra no se pareciese a la de su maestro Tiziano, de modo que, “siguiendo siempre de una manera árida y confusa, le salieron los buenos cuadros que hizo con mucho estudio y consideración, y malos y aun abominables los que hizo solo para salir del día”.

Juan Agustín Ceán Bermúdez (1749-1829) su Diccionario de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España (1800) revisó la obra del pintor, realizó un primer catálogo y concluyó: “El Greco fue muy reputado y estimado en Toledo, no obstante sus extravagantes pinturas, aunque en su dura y extraña coloración se revele siempre un cierto sabor de maestro, especialmente en el dibujo”.

Textos: Rafael del Cerro Malagón


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