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Toledo 25-01-2016

La tarde del jueves 30 de abril de 1992, grupos de adolescentes partían hacia los riscos del Valle a pasar una noche iniciática previa a la romería del día siguiente. Al mismo tiempo, en Zocodover, se preparaban los avíos de tarima, megafonía y pancartas para el 1º de Mayo. Allí llegarían después algunos ociosos contando que habían visto a un fiscal enredado con una abogada que, a su vez, defendía a una clienta unida al arte y al fuego. Al día siguiente por la mañana, hubo cohetes romeros y hubo reivindicación, sin embargo, por la tarde, ya no hubo función. La historia forense-sentimental de los dos letrados estaba ya bobinada en unas grandes latas y devuelta a la distribuidora. Así partía Peligrosamente juntos, la última película vista en el Cine Imperio -antes Cine Toledo-, tras 67 años de vida continuada en la cuesta del Águila, aunque, desde 1907, en el mismo sitio, les precedió un primitivo local que tuvo varias etapas y nombres.

La primera época se conoció como Coliseo Moderno, con un aforo de 500 asientos, y que, según una gaceta de prensa, sería «un punto de reunión y esparcimiento de la buena sociedad toledana». La empresa prometía dar «lo mejor que se rueda y se exhibe por los cines de la Corte», brindando también teatro y sesiones de varietés a base de cantantes, magos, humoristas, animales amaestrados o artistas de raras habilidades.

La segunda etapa comenzó en 1913, cuando el joven industrial Santiago Camarasa Martín (1895-1957) arregló el local que llamaría Cine Pum, la marca de caramelos que fabricaba, además de torrefactar café y elaborar mazapán en su obrador de la calle de Núñez de Arce. Este promotor estuvo inmerso en la prensa dirigiendo Patria Chica, Castilla, El Zoco y como corresponsal de ABC, si bien, su mayor éxito fue dirigir Toledo. Revista de Arte. En 1917 rebautizó la sala con el solemne nombre de Cinematógrafo Imperial, inaugurada con La isla tenebrosa, una serie de cinco partes -algo habitual entonces-, proyectadas en distintos días. Un personaje ligado a los orígenes del cine español, Eduardo Jimeno Correas (1869-1947) -que desde 1904 venía exhibiendo en Toledo-, se hizo cargo del negocio en 1918, si bien, dos años después, Camarasa decidió derribar el cine y levantar otro mayor, con 1.100 asientos, que, tras la conclusión de las obras, en 1924, sería explotado por otros empresarios.

El inquieto industrial había encargado al arquitecto Juan García Ramírez un moderno local para proyecciones con foso de orquesta incluido, elemento esencial para acompañar las películas mudas y las populares varietés. Sin embargo, este detalle se obviaría años después al acoplarse el equipamiento necesario para el cine parlante o sonoro, algo que ya estaría impuesto en otras salas toledanas desde 1931.

El 10 de enero de 1925, un luminoso letrero identificaba el Cine Toledo,nombre que Camarasa aplicó a muchas de las iniciativas que acometió como un continuado homenaje a la ciudad. La apertura fue con un «exquisito lunch» para las autoridades que, tras oír «la Marcha Real interpretada por la orquesta Venecia» vieron la primera, de las seis partes, de El niño rey, la historia de Luis XVII de Francia. Luego, hasta el mes de febrero, segirían títulos como La perla misteriosa -protagonizada por Neva Gerber, apodada la «Perla Blanca»-, Hombre a la moda, Rosas negras y El tesoro de los piratas.

El aspecto original que tuvo el salón aparece en un raro impreso que acompaña la atractiva colección de programas de mano de películas proyectadas en Toledo, entre 1928 y 1965, dispuesta en la web del Archivo Municipal. En dicho documento, circulado días después de la apertura oficial, es posible ver la estructura general del interior que, en esencia, subsistió hasta su derribo, así como los primitivos asientos.

El Cine Toledo programó filmes de moda, noticiarios sobre el vuelo del Plus Ultra o la guerra de Marruecos e, incluso, el estreno de películas rodadas en la ciudad como A buen juez mejor testigo (1926), además de actos varios y hasta algunos «matchs» de boxeo. Tras el bélico verano del 36, las proyecciones regresaron a finales de aquel año propiciadas ahora por Falange, que le denominó Cine de los Flechas, para convertirse luego en elCine Imperio. Hasta 1939 triunfaron Harold Lloyd, Laurel y Hardy, los folclóricos filmes de Benito Perojo, abundantes películas alemanas e italianas, además de acoger citas políticas, concursos y, otra vez, alguna velada de boxeo. Desde 1940, como las demás salas de Toledo, nuevos gerentes explotarían la cartelera con criterios comerciales acometiéndose varias reformas, tanto en la fachada como en el interior.

En septiembre de 1973, cerrados ya los cines Moderno y Alcázar, perviviría elImperio bajo la gestión de FIDES-Centro que también regentó los últimos años de la cartelera del Rojas. El 30 de abril de 1992 la empresa cerró la veterana sala de la cuesta del Águila que, en 1999, sucumbiría a la voraz piqueta. Ahora la afición peregrinaría fuera de las murallas para ver cine. La ciudad había perdido otro trozo de su adjetivación «imperial». Y es que, para la memoria de los toledanos, aquel cine había sido el único «imperio» tangible y visible desde las 436 butacas de patio y las 221 de entresuelo.

Todo este relato no es sino un fragmento fugaz de un amplio libro inédito, que compartimos con Fernando Martínez Gil y que discurre desde 1896 hasta la «buñueliana» historia de Tristana. Todo ello a través todas las salas que hubo en Toledo, sus promotores, carteleras, rodajes y sugerentes noticias ligadas a la magia del cine que aún llena de infinitos recuerdos nuestras vidas.


Textos: Rafael del Cerro Malagón


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