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Toledo 05-01-2015

Zocodover, la plaza más popular de Toledo, es una ecuación de varias incógnitas que tienen que ser despejadas una a una para conocer en buena medida su evolución en el tiempo. Uno de sus pequeños enigmas es el número 1865 tallado en el pilar esquinado del arranque derecho de la cuesta de Carlos V, el cual encierra una cadena de episodios y nombres cruzados desde el siglo XVII que ya expusimos -con mayor detalle-, en la revistaArchivo Secreto, en el año 2008.

Es sabido que desde el medievo islámico, la explanada situada ante el Alficén gubernativo de Tulaytula, fue aprovechada para instaurar un suk (zoco) a modo de parque comercial especializado en el mercadeo de caballerías y sus accesorios correspondientes elaborados por talabarteros y guarnicioneros. En el siglo XII ya estaba muy muy acreditado aquel «zoco de las bestias», agregándose mesones, tablas y tiendas para crear un atractivo enclave mercantil. En 1465 Enrique IV concedió el privilegio de celebrar aquí, todos los martes del año, un mercado franco, sin tasas sobre ciertos productos acarreados desde fuera de la ciudad, algo que confirmarían después losReyes Católicos. Entrado ya el siglo XVI, Toledo recibía la fina modernidad italiana en varios edificios desde Bisagra hasta el Alcázar y el Cambrón, mientras que un desvencijado Zocodover acogía la bullanga diaria de tahoneros, carniceros, cambistas y oficios varios además de hidalgos deshilachados y astutos ganapanes. Las casas ofrecían formas desiguales y sucios soportales sujetos con puntales de madera. En medio de la plaza, según el calendario y las oportunas venias, lo mismo fluían procesiones de lacerantes, devotos jubileos que corridas de toros.

A este peculiar panorama, en 1589, se añadirían los efectos devastadores de un incendio que afectó a la manzana de la Carpintería (desde el Arco de la Sangre a la esquina de Santa Fe), los portales de los Boteros, más de veinte casas y las «haciendas de gente pobre y miserable». Las obras de reparación comenzaron en 1590 bajo la supervisión de Nicolás Vergara el Mozo, maestro mayor de la ciudad y de la catedral, creciendo el contraste entre lo viejo y las nuevas trazas que surgían. En una visita a Toledo, Felipe II manifestó al ver Zocodover que su estado «ofende a la vista», urgiendo a Juan de Herrera una total reconstrucción que se basaría en idear una gran plaza rectangular cuyo lado mayor serían los soportales situados a izquierda y derecha del Arco de la Sangre, además de igualar todas las fachadas y soportales. La oposición de varios propietarios, entre ellos el poderoso cabildo catedralicio, frenaron la completa ejecución del proyecto herreriano que acabó paralizado por el Consejo de Castilla, además de acaecer la muerte del propio arquitecto en 1598.

En 1641, de nuevo, Zocodover sufrió otro incendio que afectó esta vez a la Real Aduana, situada en el extremo derecho de los soportales del Arco de la Sangre, en el inicio de la subida al Alcázar. En 1656 el Ayuntamiento aprobada la rehabilitación de los edificios calcinados así como levantar, en el comienzo de la cuesta, una casa de dos plantas apoyada en dos parejas de arcos inferiores para el tránsito de personas y carruajes, de manera que la plaza ofrecería en este rincón un ángulo recto y cerrado similar a la solución herreriana de la plaza Mayor de Madrid. La creación de aquella nueva estructura, hasta ese momento inexistente, se justificaba para compensar a un propietario particular llamado Gonzalo Hurtado que, tras el replanteo obligado por el incendio, había visto mermadas algunas posesiones contiguas a la Real Aduana.

El proyecto fue encomendado al arquitecto Juan García de San Pedro que levantó los arcos a nivel de calle, firmándose en 1674 el permiso para queGonzalo Hurtado alzase encima sus viviendas. Sin embargo, nada de ello sucedería, pues a la escasa premura del vecino se sumaron las reclamaciones de los «maestros de obras reales» ya que la nueva estructura restaría vistas de la plaza desde el «cuarto de la Reina» situado en el Alcázar. Desde finales del XVII quedarían al aire los arcos que, en ocasiones, sirvieron para sustentar una tribuna en días de toros (como consta en la vista de Carlos II a Toledo en 1698) o una garita militar en los años de la francesada. Grabados, dibujos y fotografías testimonian las arcadas hasta mediados del XIX.

En 1864 se afrontaría una gran reforma en toda la plaza Zocodover que incluía el derribo de los arcos para despejar la subida al Alcázar, pues allí no podían girar «los carruajes de servicio público que llevan comúnmente cuatro caballerías y aun los que sólo van tirados por los del tronco». La demolición fue recurrida por un particular llamado Cesáreo Delgado que, junto a sus hermanos, esgrimía la propiedad heredada desde el siglo XVII según recogían unas escrituras. Examinados los documentos, el Ayuntamiento acordó una tasación de 8.940 reales para eliminar la frágil estructura y concluir el arreglo de Zocodover que tuvo lugar en 1865, es decir, la fecha tallada en el mismo lugar donde habían estado los arcos que hubiera levantado Juan de Herreraa finales del XVI y que, a partir de 1656, ejecutó Juan García de San Pedro.

En esta misma esquina, en 1878, aparecía El Suizo, café abierto por M. Lhardy, impulsor de otros establecimientos similares en España, que luego contó con salones y billares en la planta superior, para trocarse en hotel y que, como no podía ser de otro modo, en los años de la Transición, cerró para acoger una oficina bancaria más, hoy afortunadamente ahogada en el más indiferente de los olvidos.


Textos: Rafael del Cerro Malagón


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