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Toledo 12-10-2014

Gracias a las obras de Parro (Toledo en la mano, 1858) oPalazuelos (Guía de Toledo, 1890) es posible saber los contenidos de las lápidas y cartelas históricas existentes en las puertas y puentes de la ciudad. Los testimonios fotográficos de los mismos lugares tomados desde mediados del XX por Alguacil, Ros, Rodríguez y demás colegas, además de ratificar lo descrito por los historiadores, captaban otros elementos más prosaicos allí adheridos, como era, por ejemplo, un cartel con una gran «S» alusiva a las máquinas de coser que Isaac Merrit Singer fabricaba dese 1858 en Estados Unidos y que, en la época de Cánovas y Sagasta, habían comenzado ya a dar sus mecánicas puntadas en tierras españolas.

El anuncio de aquel artilugio fue durante años un icono habitual en la prensa toledana y en las puertas y puentes de la ciudad, «adornado» incluso la fachada del llamado palacio del Rey Don Pedro.

También fue costumbre empapelar las esquinas catedralicias o los muros eclesiásticos con anuncios menos cosmopolitas y locales: las fiestas del Corpus, romerías, octavarios, esquelas mortuorias, ferias, tejidos, corridas, bailes, veladas en el Rojas, o la propaganda electoral y los pasquines en los años de la República.

La progresiva presencia de la publicidad que crecía al hilo de la modernidad comercial propiciaba quejas insertadas en las columnas de la prensa o en libros firmados por los partidarios de una ciudad intocable como defendían, entre otros, Santiago Camarasa (1895-1957) o Ángel Cantos. Aquel fenómeno convivía con la imparable extensión del cableado eléctrico que sobrevolaba las calles o se aferraba a cornisas mudéjares y el auge de los automóviles de roncas bocinas. En los balcones de Zocodover florecían anuncios de hospedajes, Cafés Wamba, sastres, fotógrafos, dentistas, peluqueros y otros negocios, llegándose incluso a colocar carteles, como denunciaba Félix Urabayen, en 1928, en su Serenata Lírica de la vieja ciudad., alrededor de «una docena de arbolillos tísicos», proclamando desde esta «entablilladura de enfermos, la excelencias del Sidol o la conveniencia de usar suelas de goma».

A mediados del XX, se fueron articulando normativas sobre la protección del patrimonio toledano, además de evitarse la presencia de publicidad en determinados lugares. Durante la alcaldía de Luis Montemayor (1959-1964) pasaron al recuerdo varios rótulos existentes en Zocodover que, o bien anunciaban mazapán en lo alto de un edificio o bien, desde los antepechos de los balcones, indicaban la sede de aseguradoras, mutuas, delegaciones varias, alojamientos, sastres o notarías. Tan sólo la fachada que acogía la sede del Gobierno Civil, estaba huérfana de cualquier cartel, si bien bajo el Arco de la Sangre, existían dos espacios delimitados por el Ayuntamiento, encalados y enmarcados con molduras de cemento. En ellos se fijaban anuncios impresos en grandes pliegos con rotunda tipografía y retratos a tamaño natural de Emilio el Moro o Quique Camoiras en el Rojas o el Alcázar. Circos, discotecas, encuentros deporticos u otros afiches más «artísticos», alusivos a festivales y las habituales celebraciones locales, se solapaban unos sobre otros hasta conformar una gruesa capa de papeles estratificados. La parte más baja de aquellos «tableros» era aprovechada por las funerarias para adherir las esquelas y por los jóvenes que, al no existir aún los móviles, dejaban notas a bolígrafo avisando a los amigos a dónde se iban una vez que ya había pasado la hora convenida para verse en Zocodover.

En Gerardo Lobo
Además de los dos espacios del Arco de la Sangre previstos por el Ayuntamiento para la cartelería existieron otros en lugares también transitados. Así, hubo uno al lado de la fuente Nueva, bajo la subida al castillo de San Servando, casi frente al puente de Alcántara. También se ubicó otro cerca del arco de Alarcones, incluso, queremos recordar que se habilitó un más en el inicio de la calle del Ángel, en un rincón con el convento de San Antonio. Lo cierto es que aún es posible hacerse idea de estos viejos soportes publictarios si, al pasar por la calle de Gerardo Lobo, se observa el que persiste en el muro que sostiene la subida hacia el Miradero. El ciego y mudo espacio dispuesto para la pegada de carteles no deja de ser el tatarabuelo de las flamantes pantallas informativas que, cada pocos segundos, parpadean para recordar a los transeúntes un concierto de órgano, un cross popular, una obra de Lope, o una muestra de periquitos.

A modo de recuerdo nostálgico y estético, y aunque hubo otros más en Toledo, en los años noventa se perdió todo un icono de la publicidad española que creó Adolfo López-Durán en 1929, siendo reproducido en cerámica y llevado a infinidad de poblaciones españolas. Aquella obra, ahora objeto de estudio y de coleccionistas, estuvo encastrada durante más de medio siglo en la desaparecida Venta del Lucero, junto al paseo de San Eugenio. En la memoria colectiva queda un atractivo panel de azulejos, amarillos negros, con la silueta de un agricultor ensombrerado sobre una caballería y un rótulo imperativo: Abonad con Nitrato de Chile.


Textos: Rafael del Cerro Malagón


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